Verano italiano

A lo largo de la historia de los mundiales de fútbol, la selección nacional disputó cinco finales; tres de ellas tuvieron mucho que ver con la filosofía y la idiosincrasia de nuestro club. En este espacio ya nos hemos referido a las de México 1986 y Brasil 2014; ahora vamos a recordar la de Italia 1990 y, sobre todo, el recorrido realizado para llegar a jugarla.

Cosas del fútbol, el infortunio fue jaqueando a un proceso que, a pesar de todo, estuvo a muy poco de lograr el bicampeonato. Con buena parte del establishment futbolístico local esperando el fracaso, preanunciándolo en cada instancia, el equipo nacional sólo cayó en la final con un discutido penal a falta de cinco minutos para que se cumpliera el tiempo reglamentario.

Una vez más casi en soledad, el equipo de Carlos Bilardo debió sortear adversidades que parecían sucederse sin piedad; una vez más, también, terminó emocionándonos. Qué duda cabe: a los pinchas nos emociona tanto el esfuerzo como el talento.

Darío Sztajnszrajber, ante el planteo de que a los hinchas de Estudiantes no nos atrae el futbol "lindo", invita a discutir que entendemos por belleza. Propone agregar a lo vistoso, el sufrimiento, la actitud ante la adversidad, el atravesar las situaciones más traumáticas para llegar a la meta. Son parte de la vida y parte del futbol y por ende -sostiene- parte de lo bello. Desde ese lugar, los pinchas disfrutamos tanto de ese mundial como el del '86, aún con el dolor de ser subcampeones, que, como dice un adagio de nuestra tribuna, se calma sólo si antes fuiste campeón.

Como siempre, estaban y están los futboleros de supuesto paladar negro y pensamiento formateado por el discurso hegemónico, que hablarán del "peor mundial", de "dolor de ojos", de "vergüenza", etc. Sin embargo -aunque jamás lo reconocerán-, a todos, absolutamente a todos, aquel equipo les provocó algún pequeño terremoto en el alma.

Lo cierto es que la taba venía dada vuelta desde antes de empezar, con algunos históricos lesionados que debieron quedar fuera de la lista de convocados y otros lejos de su plenitud física, más un recambio que quizás no había logrado tener el suficiente rodaje. En ese sentido, la clasificación directa por ser Argentina el campeón vigente, pudo no ser favorable en este último aspecto.

En el debut, contra un desconocido Camerún en Milán, arrancamos con el pie izquierdo. Un partido cerrado contra un equipo fuerte y contragolpeador que en el segundo tiempo se encontró con el gol: 0-1 y a remarla contra dos europeos, la siempre complicada U.R.S.S. (chicos, es largo de explicar; búsquenla en la wikipedia), y la respetable Rumania ("Romanía", decía el narigón), en ese orden. Aunque los mejores terceros pasaban, todo se complicó.

Bilardo literalmente se brotó después del primer partido. Avisó que, de quedar eliminados en primera ronda, estrellaría el avión de regreso en el medio del Atlántico. Para colmo, la U.R.S.S., con expectativas de hacer un gran mundial, estaba igual que nosotros: había perdido y necesitaba sí o sí recuperarse frente a Argentina en Nápoles. Dijo el DT: "esta es la primera final anticipada del mundial".

Sí, Doctor. El que ganara iba a sufrir. Ganó bien Argentina: ganamos y sufrimos; fue 2-0, después que Burruchaga terminó una jugada sucia para sentenciar cerca del final. El primero lo había hecho de cabeza un volante de River promovido y moldeado por Bilardo: Pedro Troglio. Además, perdimos a Pumpido, arquero titular, por una grave lesión. Pocos días después, empatábamos 1-1 con Rumania y pasábamos a octavos... como mejores terceros.

Nos tocó en suerte Brasil y unos cuantos argentinos resolvieron ir reservando el vuelo de regreso. Con el cartel de candidato, tanto o más que el local, la verde amarelha venía derecha... En Argentina, la lista de lesionados seguía sumando apellidos y algunos jugaban igual pese a estar entre algodones: Ruggeri, Burruchaga, Maradona. Parecía la llave de resolución más fácil.

El más débil, teóricamente, era Argentina. El público, teóricamente, elige al más débil. El silogismo no cerró en aquella soleada tarde de Turín: italianos y brasileros se hermanaban en las tribunas para abuchear al himno de López y Planes. Todos con el supuesto Goliat.

Pero la mística pincha, tan presente en aquella selección, sabe de imposibles y de desafíos solos contra todos y se hizo presente una vez más: después de soportar un primer tiempo terrible, el equipo se acomodó y lo ganó de contragolpe con asistencia de Maradona y gol de Cannigia. Ese partido, el del famoso "bidón", nos depositó en cuartos, contra Yugoslavia (por favor, jóvenes, consulten la wiki una vez más).

Como hinchas, nos sentíamos pagos. Parecía imposible que el destino deparara emociones más intensas que la de la eliminación a Brasil. Y, sin embargo, lo hizo. La selección dio todo en un partido equilibrado, pero no pudo lograr el gol de la clasificación, ni en los noventa ni en el alargue. Goycochea, el arquero suplente, se reveló un nuevo acierto de Bilardo y el equipo pasó a semis en una dramática serie de penales, donde, entre muchos, también erró Diego.

En semis tocaba nada menos que el local, de nuevo en Nápoles. Una vez más, la suerte parecía estar echada de antemano. Parecía. Los tanos venían a paso firme, sólidos, con un punta candidato a ser la nueva estrella del futbol mundial, un goleador en su momento y un arquero invicto...; parecían transitar derechito a levantar la copa. Parecían. Argentina venía enhebrando hazañas en inferioridad casi desde el comienzo del campeonato, pero Italia parecía demasiado. Parecía.

¿Y ahora que hacemos, Carlos?

El DT esta vez no se brotó como tras el debut, ni se enojó como en el entretiempo con Brasil. El estratega ahora estaba increíblemente tranquilo, y lo explicó con sencillez.

-"Técnicamente, es el partido más fácil. Italia siempre hace lo mismo". Muchos periodistas se miraron...

Aunque de entrada nos embocaron, el equipo se mantuvo sereno, y, por momentos, dominante. Llegó al empate por intermedio de Caniggia, y, en los noventa reglamentarios, pudo ganarlo. El suplementario fue otra cosa: Argentina sintió el desgaste y se dedicó a aguantar para llegar a los penales. Le costó algunas amarillas que, sumadas a los lesionados, dejarían un plantel diezmado para la final.

Y llegaron nomás los penales, y se renovó el lucimiento de Goycochea; además, esta vez Maradona no falló, y una vez más un estadio enmudeció ante una hazaña de un equipo de Bilardo. Fue el día del "siamo fuori".

A la final se llegó como se pudo y con los jugadores que quedaron menos heridos de cada batalla. Así y todo, si bien no tuvimos la pelota, tampoco pasamos tantos sobresaltos. El rival, Alemania, se veía más entero y el estadio olímpico de Roma, al decir de un relator, por el apoyo a los teutones tanto de sus connacionales como de los locales, parecía el estadio olímpico de Múnich. Ya mencionamos ese supuesto penal a poco del final. Esta vez, la copa no pudo ser.

Bueno. A veces nos toca salir subcampeones. Como en aquel ya lejano verano italiano, como en Brasil 2014, o como en Abu Dabi 2009. La verdad... no se lo deseamos a nadie, pero, si nos toca, si hay maneras de ser segundos, sin dudas que elegimos esas.

Pablo Valaco

Abril 2020

Create your website for free! This website was made with Webnode. Create your own for free today! Get started